14.10.09

Yuri Herrera: el infierno es terreno fértil




Antes de entrar al bar madrileño en el que presentó el último número de la revista El perro, el autor fue presentado a una rubia que se desconcertó al saber su nombre y acabó por preguntarle si era ruso. El autor, de piel morena y tirando a calvo para más señas, estaba más preocupado por entrar y preparar la presentación y terminó respondiendo:
--En realidad soy producto de la guerra fría.

Yuri, que a esa hora ya había pasado varios días en España y pasó por Salamanca y luego por Madrid para presentar Señales que precederán al fin del mundo, su segunda novela editada por la española Periférica, más que ruso se considera a sí mismo un afortunado de haber crecido entre libros, aunque cuando era casi niño su nombre sonara raro y alguno le dijera: ah, que tus padres son comunistas, él supiera que en realidad su madre, una militante de izquierdas, consideraba a los comunistas como miembros de la derecha.

Señales que precederán al fin del mundo, narración que gira en torno a la historia de Makina, la mujer-guerrera que atraviesa una frontera para buscar a su hermano y llevarlo de vuelta a casa, probablemente tuvo sus orígenes en la experiencia viajera del autor, que ha tenido una vida itinerante entre su natal Actopan, en Hidalgo, el D.F. y El Paso, Texas, donde estudió una maestría en creación literaria. Él mismo cuenta cómo esa itinerancia que lo hacía cruzar constantemente la frontera para ir de El Paso a Ciudad Juárez, lo marcó y de algún modo lo impulsó a escribir su primera novela, Trabajos del Reino:

-- Cuando yo recién llegué (a la frontera) me pareció que esas eran dos versiones del infierno. Por un lado la versión más espectacular del infierno que es Ciudad Juárez: sucio, peligroso, caótico, desperdigado y del otro lado la versión siniestramente fría del infierno: El Paso, un lugar aburrido sin chiste, obsesivamente vigilado. El Paso es una de las ciudades con más agentes de los distintos cuerpos de seguridad que hay en los E.U. por ser la frontera y porque allí hay una base militar y una oficina de la DEA y del FBI. Es muy segura muy aburrida, muy extendida, necesitas tener coche para salir del centro. Es al moverte entre una ciudad y otra cuando encuentras ideas. La frontera es un espacio que todo el tiempo te está desafiando, haciéndote reaccionar frente a una realidad tan dura como la que hay allí. Al final uno se encariña con ese infierno bipolar.

Aunque la segunda novela de Yuri también transcurre en una frontera, ésta no se corresponde ya con la de Ciudad Juárez y Estados Unidos. Más bien se refiere a una frontera más universal y sin nombre.Es probable que igual que sucedió con Trabajos del Reino, algunos intenten asociar su trabajo a una denuncia social con nombres y apellidos que intenta reflejar la situación actual de la sociedad mexicana. No obstante, las distintas estrategias narrativas que el autor utilizar para sus historias desbordan desde las primeras páginas cualquier situación política o social para convertirse en literatura.

Aunque parte del trabajo de escribir Señales que precederán… consistió en entrevistarse con toda clase de gente en visitas nocturnas a las cantinas de Ciudad Juárez, el resultado no fue solamente la recolección de historias, sino sobre todo de formas de decir y de contar, de crear silencios que en la novela aparecen constantemente al omitir nombres literales de personas y ciudades y proponerse a modo de desafío tomar como referencia para estructurar la novela un territorio mítico: el inframundo mexica.




Ni falsa academia, ni falsa política, ni falsa juventud

Antes de volverse autor, y de pasar por la universidad de El Paso, Herrera cuenta que “tenía la tonta convicción de que quien estudia literatura no puede escribir literatura. Tenía la idea de que tenía que ser producida sin ser pensada tanto, que tenía que salir de adentro, de una especie de generación misteriosa. Ahora me doy cuenta de que aquello no tenía mucho sentido. Sigo pensando que hay algo de eso, pero no hace daño conocer la parte artesanal de la escritura. Ahora bien, sí creo que hay mucha gente que estudia la literatura a la que no le gusta la literatura, que la estudia para poder destajarla, para poder afirmarse en una posición de superioridad, pero no es la regla en general y por eso estudié ciencias política. No me arrepiento, me permitió conocer gente y conocer libros que de otra forma no hubiera conocido.”


Autores como Elena Poniatowska, Juan Villoro o Jorge Volpi reconocen el trabajo de Herrera pero éste, lejos de situarse dentro de un grupo determinado, cree que hablar de generaciones literarias ha dejado de tener sentido:
-- Si alguna vez tuvo sentido dividir el campo literario en generaciones creo que ya no lo tiene incluso. Inclusive las generaciones de las que nos hablan tienen algo de artificial si uno se pone a leer y encuentra las cosas que no pasaron al canon más institucionalizado, descubre algunas muestras literarias muy interesantes que justamente por esta división entre generaciones salieron de los libros de la tradición y que han sido marginadas. En especial lo que he visto de cerca en México es extremadamente diverso por fortuna. Seguramente recordarás la absurda y nefasta “guerrita fría” entre las revistas Vuelta y Nexos, disfrazada de diferencias intelectuales cuando en realidad se trataba de ver quién sacaba la mayor tajada de los negocios con el estado. Ahora no hay polos tan claramente definidos. Entonces eso es benéfico para la gente que escribe. Aunque sí hay ciertas figuras aglutinante, como Jorge Volpi, Guillermo Fadanelli o Heriberto Yépez, la gente puede seguir su producción sin prestar atención a lo que ellos estén haciendo o sin sentirse avasallados. Si tuviera que definirme por mi comunión con otras personas tendría que ver menos con la edad o el tema que con la amistad.
Y si bien Herrera se siente alejado de cualquier generación, iniciativas como la de Bogotá 39 le parecen buenas:
-- Yo creo que ellos están muy concientes de que el nombre era una delimitación absolutamente artificial que no tiene ningún sentido en términos de sus poéticas: son 39 escritores menores de 39. Ellos y se sirvieron de eso para hacer un evento llamativo que enriqueciera la vida cultural bogotana y me pareció buena idea a pesar de que no me invitaron –ironiza--, porque no se limitó a una serie de conferencias. Los llevaron a las escuelas, los sacaron de los pequeños nichos sectarios del mundo literario y eso me pareció muy interesante.

-- Y ya que hablamos de lo joven y de las generaciones literarias, ¿en que posición te ubicas tú respecto de la política?
--Los escritores no tienen ninguna relación especial con dios y esto lo digo porque parece que algunos escritores se conciben a sí mismos como almas puras que no se permiten ser manchadas por la política. La escritura es un oficio y cualquier persona desde su oficio está participando de la vida social. Nosotros como ciudadanos tenemos el derecho y la obligación de participar en la vida pública. No creo que de manera privilegiada, no creo que de manera definitoria, podemos hacerlo y sí hay algunos espacios donde podemos asumir una responsabilidad distinta separada de la obra. En segundo lugar, si uno tiene claro que la obra se construye al margen de la agenda política uno sí tiene que asumir que en todo lo que hace van a traslucirse sus posiciones ideológicas y eso hay que asumirlo claramente.

fotografía: Agencia EFE

26.7.09

Sofi Oksanen: hambre de memoria o la memoria del hambre


Aunque confía en la calidad de su trabajo, Sofi Oksanen (Jyväskylä, Finlandia) se sigue sorprendiendo de su propia fama. Hace seis años era la novel autora de Las vacas de Stalin, una novela sobre el hambre y la bulimia que tenía como trasfondo la relación difícil entre Finlandia y Estonia, dos de los países bálticos que sufrieron en distinta medida la represión del régimen soviético. Hoy se ha convertido en una especie de celebridad que aparece constantemente en los periódicos. De hecho, actualmente está escribiendo el guión para una serie televisiva. Frente a sus libros, considerados abiertamente como “políticos” por tratar de migraciones, represiones y conflictos de identidad en una sociedad como la finlandesa que a menudo presume de su carácter abierto e igualitario, su atuendo pierde relevancia. Sofi es muy alta y lleva rastas moradas, rosas y amarillas que contrastan con el abrigo negro que la acompaña siempre.

Durante la entrevista una mujer se le acerca y le anuncia que ha ganado un premio relacionado con la divulgación de los derechos de las mujeres o algo parecido y después de ganar los dos premios más importantes de narrativa en Finlandia, ella misma bromea: “creo que debido a tanto premio jamás ganaré nada más en la vida”.

Desde la cima del Torni se pueden ver tres cuartas partes de la ciudad. Al fondo se distinguen, anclados en el puerto, los trasatlánticos que están a punto de partir hacia Suecia o Estonia. En lo alto de este hotel se encuentra el Ateljee Bar, uno de los más concurridos de Helsinki, aunque hoy, debido a la lluvia y el viento que han obligado a cerrar la terraza, está casi vacío. Sofi Oksanen lo ha escogido para la entrevista. En este hotel que alguna vez fue el edificio más alto de la ciudad, se encontraban las oficinas de la Comisión de Control Aliado, creada por los rusos tras la segunda guerra mundial para asegurarse que Finlandia cumpliera las obligaciones del armisticio de Moscú. Dicho pacto fue firmado entre ambas naciones para terminar la llamada Guerra de invierno que a la postre le costaría a Finlandia el 10 por ciento de su territorio.

En un país como España, donde cada año se publican cientos de novelas históricas, una novela que hable sobre la Estonia Soviética o el desprecio de Finlandia hacia los estonios, podría pasar como un éxito de ventas sin que nadie se ofendiera por su contenido. Pero en Finlandia, una de las sociedades con mejor nivel de vida del mundo, con uno de los sistemas educativos más avanzados de Europa, cualquier referencia al pasado puede causar estragos. Más aún cuando, a pesar de sus bondades, hace apenas cinco años Finlandia ocupaba el tercer lugar en violencia machista y tenía uno de los índices más altos de suicidios de toda la Unión Europea.

Con Las vacas de Stalin convertido en un best-seller, Sofi Oksanen recibió al mismo tiempo los cumplidos del gran público y de la crítica literaria, y cuando se le pregunta en dónde cree que radica el origen de este éxito, ella lo justifica diciendo que aún hoy mucha gente no quiere hablar de su pasado:

--Algunas personas aún tienen miedo de contar sus historias porque dicen que hay gente que todavía está viva. Además, después de la guerra de invierno se instaló una comisión rusa en este edificio para controlar el país. Un ejemplo de su influencia fue la extraña historia de la publicación del Archipiélago Gulag de Alexander Solzhenitsyn. Este libro fue publicado en sueco pero no en finés. La editorial finlandesa tenía miedo de publicarla porque tenía negocios con los rusos y no los quería comprometer.

Las vacas de Stalin cuenta la historia de tres generaciones de mujeres de origen estonio que sufrieron la pobreza y el hambre a lo largo del siglo veinte. Mientras que la abuela vivió la represión estalinista en Estonia, la madre sufrió el desprecio de sus propios compatriotas al casarse con un finés y emigrar Finlandia. La hija, Ana, que además hace de narradora, sufre otra clase de hambre, igualmente terrible: Ana es una bulímica avergonzada de sus propios orígenes.



Oksanen logra hacer un relato efectivo sobre la dificultad de conocerse a sí mismo y la violencia que este acto entraña, es decir, hace literatura, pero también se puede considerar su novela como un testimonio documental. Para hacer este libro Oksanen, que se considera medio estonia y medio finesa, optó por documentarse sobre un periodo de la historia en Estonia sobre el cual había prevalecido la censura.

--En Estonia todas las revistas y libros estuvieron prohibidos durante la ocupación soviética, incluso las fotografías de la vida diaria. Había imágenes de Paris y Londres, pero jamás una imagen de Estonia. Y cuando estuve en Estonia me di cuenta de que parte de su historia estaba en esas imágenes y periódicos, en lo que estos materiales ocultaban.

Oksanen estudió dramaturgia en la Academia de Teatro de Helsinki y su primera obra teatral, Purificación, se convertiría en su tercera novela y continuaría girando alrededor de los mismos asuntos: poder, identidad, sexualidad.

Desde los 16 años Sofi vive en el antiguo barrio obrero de Helsinki, Kallio, que marcaba la diferencia entre los que vivían en el centro de Helsinki y los que vivían del “otro lado del puente largo”. Sobre sus inicios como escritora, Oksanen dice con toda seriedad:

--Empecé mi carrera como escritora a los seis años. Por alguna razón pensé que debería tener un diario. En él escribía cosas como que estaba en el patio jugando con alguien. No recuerdo exactamente cuando empecé a escribir “profesionalmente”, pero recuerdo que pertenecía a un club infantil y ese club tenía una revista. Recuerdo haber leído en esa revista que la profesión más popular entre los niños era la de escritor, no sé porqué. Yo no conocía nadie que quisiera ser escritor.

Le disgusta hablar mucho rato sobre sí misma. Prefiere hablar de las cosas que están relacionadas con lo que escribe, o incluso de los artículos sobre derechos humanos que publica en los medios. Lo único que alcanzo a escuchar sobre su escritura es que uno de sus modelos fue la francesa Marguerite Duras. “Cuando la leí pensé mucho en la musicalidad de la lengua y quise imitar algo de eso. El finés es una lengua con muchas consonantes duras”.

Una de las cosas que lamenta de las entrevistas, precisamente, es que siempre le pregunten las mismas cosas. Oksanen se ha convertido en algo así como en una lideresa de opinión, sin haberlo pedido. Su novela Puhdistus, o Purificación, será traducida al español por la editorial 451, que también publicó Las vacas de Stalin.

Hacia el final de la entrevista, cuenta Oksanen que después de dos semanas de vacaciones debe volver al trabajo para empezar su próxima novela. Aunque presume de ser rápida escribiendo, dice: “No puedo estar tanto tiempo sin escribir. Escribir es una forma de estar en el mundo”.

21.6.09

Cuando los lectores se equivocan: cuestionario a Enrique Prochazka





En las entrevistas suelen incluirse perfiles morales, psicológicos o hasta físicos del entrevistado, pero en este caso Enrique Prochazka alcanza su mejor ángulo cuando se lo ve de espaldas. Ha sido montañista, fotógrafo, modelo publicitario y funcionario público. Su obra alcanzó notoriedad fuera de Perú cuando el español Enrique Vila-Matas lo señaló en uno de sus artículos. No busca convertirse en figura pública ni en debatir interminablemente las opiniones sobre sus libros pero aún así acepta las entrevistas que se va encontrando en el camino.
Esta vez he optado por exponer un cuestionario abreviado y unas respuestas, de modo que el que desee pueda seguir buscando otras opiniones suyas, o conseguir sus libros. Dos de ellos han sido publicados en la española 451: Cuarenta sílabas, catorce palabras y Casa, además de un texto suyo en una antología llamada Tragedias de Shakespeare.


Sobre los personajes. A propósito de Hal, habitante de su libro Casa

--No sé si sea “la intriga” -o menos exclusivamente: la temática cargada de anécdotas interesantes- lo que dote de personalidad a un personaje. Es obvio que Dostoievski, por ejemplo, no la necesita, aunque emplee intrigas aquí y allá. Un personaje requiere una cierta densidad previa para ser creíble (no sé si para facilitar la identificación del lector: esa es otra cuestión). Para mí, esa espesura viene dada por el modo a priori como el personaje se inserta en el mundo creado. Me gustan los candidatos a personaje que toman decisiones a propósito de esta inserción, es decir, que no están en las cosas y los hechos a tontas y a locas, sino que toman ante ellas una posición a sabiendas. El caso de Hal, específicamente, me resulta interesante de narrar porque hay en él un tránsito: va de una posición tomada en su juventud a otra, misteriosa esta, que tiene ahora y que él mismo desconoce. Y luego debe seguir adelante por ese camino
sin demarcar. De esta manera la buena intriga es sólo el terreno –un espacio, literalmente- donde uno de estos personajes densos se desarrolla, traza su arco y se redefine a sí mismo. ¿Que acaso debería haber más intriga en Casa? Posiblemente. Estaba yo en camino de contarle al lector qué sucedió en Padua, de qué murió Anna y por qué los rostros del guía indio y del señor Clarke son tan parecidos… pero entonces la novela hubiera quedado muy larga y más bien ahora tengo material para otra. Pienso que ensombrecer esos hechos, dejarlos misteriosos y casi oníricos en las orillas –una decisión que tomé en la última fase de su escritura- ha tenido también una función semántica.


Lecturas libérrimas

--Para algunos, Casa es fría y descarnada. Para otros, un artefacto sobre el terror de lo blanco. Para mí, vuelvo a decir, una narración donde la tenue trama es insuficiente para seguir el hilo o los hilos, donde el color no puede deslindarse del espacio, ni de la experiencia iniciática del arquitecto. En cualquier caso, ¿Quién establece las coordenadas para que un libro sea leído?

--Las opiniones que citas, incluyendo la tuya, no me parecen contradictorias ni excluyentes una de otra. Yo tengo también mis opiniones de Casa como lector: la leí según mis propias coordenadas primero, y luego iluminado por algunas de las ajenas. Pero aunque me gustaría poder decir que cada cual establece -abre o cierra- sus propios códices de lectura, creo que esa opinión de moda conduce a un pantano hermenéutico del que es muy difícil salir, si es que se emerge alguna vez. (En el pasado desecábamos pantanos; ahora los llaman “humedales” y su diversidad, políticamente correcta, nos seduce y nos empantana). Así, si alguien sale a decir que Casa es una reelaboración de las consecuencias de guerra civil española en la arquitectura bantú, o que el viaje iniciático de Hal sucede en Australia, diré que está equivocado. Esa es la palabra: equivocado, en cuanto a las tensiones desde las cuales fue escrita la novela. En el mejor de los casos, de hacerse pública, dicha lectura libérrima será ella misma una nueva obra de arte, un constructo ficticio y eventualmente válido… pero sólo como ficción literaria. Creo que hay humedales qué preservar, sin duda; pero creo también que hay que llamar “fango” al fango. Y sostengo que como autor yo puedo, legítimamente, ofrecer coordenadas de lectura para lo que he escrito, si alguien deseara prestarles atención. El nombre y el papel de Hal, por citar un solo ejemplo, debe menos a Arthur C. Clarke que a William Shakespeare; pero nadie ha visto eso. Hal es quien dice “we band of brothers” el día de San Crispín.
--Que Prochaska sea más editoriable ahora que antes no significa necesariamente que tenga mejores lectores, pero sí que se lo ha intentado meter en el mismo cajón –mismo tipo de ficciones-- que a otros narradores. ¿Lo enfrentas de alguna manera o lo dejas pasar?

--Salvo en España –y allí sólo una- no ha habido editoriales que se me acerquen con interés de saber qué estoy escribiendo y si tengo interés en publicar con ellas. Claro que el apoyo de 451 Editores –y de Enrique Vila Matas, desde luego- ha hecho una importante diferencia en el acceso de mis libros al público (aunque no mucho del público a mis libros…) Mejores lectores sí creo que los hay ahora, simplemente por razones estadísticas: porque en el pasado eran un puñado y ahora suman algunos centenares, sin haber perdido a los primeros. Eso también implica que el promedio ha de haber bajado de nivel, pero dejemos ya la estadística… En cuanto a las asociaciones y clasificaciones, es absolutamente seguro que yo estoy en el mismo cajón que alguien: ya lo demostró George Cantor en 1874. Y me gusta enterarme de con quién me juntan y de quién me separan los críticos, pero a menos que se me presente la oportunidad de comentar algo divertido, lo dejo pasar.

Aquí añado un link al post sobre los códigos de la CULTURA que escribe Prochazka en su blog ya extinto http://cartasarchipielago.blogspot.com/2008/05/paradoja-de-aquiles-y-las-tortuninjas.html

--(Una advertencia del autor a propósito de este vínculo: "escribí aquello hace muchos años e intencionalmente descuidé dar por entonces una conclusión inteligible. De modo que ahora podemos jugar posmodernamente a que mi texto tiene una conclusión “abierta” y saludar cualquiera de las dos lecturas, o su suma: de lo que resultaría que en él a un tiempo rechazo y exijo las sobreinterpretaciones. Por fortuna ya no soy tan vehemente acerca de dichos carnavales semánticos; me acomodo un gorro de cascabeles y salgo a bailar.")

--Esta formación o aprendizaje, o curiosidad por tantos temas, ciencias, que utilizas al escribir se parece en cierto modo a tus trabajos manuales. ¿Siempre has sido así, has tenido siempre esta especie de poética combinatoria? ¿cómo fuiste educado?

--Siempre he tenido esa voracidad por la poiesis, por el hacer, combinar y fabricar. De niño entendí el mundo como algo que podía mejorar, como una especie de obligación o responsabilidad del espíritu: de una conciencia universal con visos darvinianos. Para mejorarlo había que conocer sus partes y mecanismos. Estaba en camino de eso cuando me topé con la universidad y empecé a fracasar en ella. Soy –siempre fui- una persona sub-educada. Cuando tuve rigor me faltó orientación y viceversa. De modo que he aprendido a moverme en la escasez, en la herramienta inapropiada, en el material no disponible; en general, en el recurso escaso. Orson Welles dijo alguna vez que la ausencia de limitaciones era el peor enemigo del arte. Si miras en dirección de Damien Hirst verás cuánta razón tenía el chico de Kenosha.

--¿Qué cosas tuviste que desaprender?

--Desaprendí la prisa, la violencia, ciertas intolerancias selectas, los celos y la vanidad (al menos, la vanidad deportiva).

--¿Has tenido que defender o atacar en otras facetas de tu vida? ¿Cómo funcionario o como alpinista, por ejemplo?

--No sé si como funcionario o alpinista, pero como limeño he sostenido tres duelos a cuchillo. Bueno, uno era cuchillo. Los otros fueron un formón y una tijera grande. Gané dos y perdí en el de las tijeras. Como funcionario y alpinista me he defendido más bien en la faceta institucional: aquí he debido ceder posiciones para no perder algunas cosas de mayor importancia. Y ataco sólo a lo irracional, pero entonces –como dice el imbécil de Arturo ante el reto cortés de sir Lancelot- es a muerte.

--Supongo que en estas facetas no tuviste que disculparte por que quizá escribir libros podría alterar tus tareas extraliterarias

--Con rarísimas excepciones, los escaladores no saben que escribo y me detestan por cosas muy diferentes a esa. Los que conocen mi papel de experto en políticas públicas evitan, creo, leer mis ficciones, e ignoran o prescinden del hecho de que escalo. Los colegas modelos que coprotagonizan spots comerciales conmigo –un trabajo ocasional- no leen, desde luego, y no manifiestan interés por las políticas públicas. Los lectores de mi ficción conocen mis otras facetas de oídas -y cuento con que, como ha sucedido hasta ahora, no les den ninguna importancia. Los críticos tratan de meter todo en el mismo saco, pero el único que logra ese milagro de discordias soy yo mismo. Después de todo, la mayor parte del tiempo soy simplemente un padre de familia que gusta de armar y desarmar cosas con sus hijos en el taller.

--¿Quiénes son tus lectores antes de publicar?
--Mi hijo Mateo me ha ofrecido consejos y precisiones acerca de la fisiología humana y animal. Cuando están de humor, algunos amigos logran corregir mi geografía, afinar mi economía, enmendarme filosofía y historia; ya nadie lo intenta en técnica narrativa, quizá porque soy un caso perdido de ortodoxia.

--Supongo que no crees en el lector inocente. No obstante, es difícil que tus probables lectores puedan arriesgar lecturas distantes de las que se hacen en los suplementos culturales o las academias. Quizá para ti la publicación de tus libros sea secundaria.

-- No sé qué es un lector inocente, como para creer o descreer en él; en un mundo en que ya todo es verdad, pues todos son veraces y honestos y no cabe desconfiar de nadie. Mucho menos de alguien que se presume inocente. Pienso, más bien, que antaño hubo lectores “autoritarios” –los críticos literarios con sus interpretaciones públicas, digamos- y una masa de lectores “de entrecasa” que no comentaban sus lecturas más allá de un círculo muy reducido, si es que lo hacían. Estimo que hoy las fronteras entre esas caracterizaciones están en camino de borrarse, dado que ya cualquiera, académicos, críticos, lectores de a pie e incluso los autores, podemos exhibir nuestros errores interpretativos a plena vista del público. En parte, esto es consecuencia de habernos venido a vivir felices, ecológicos y correctos en el humedal que antes se llamaba pantano. Yo costeé mis primeros tres libros con el dinero que quizá debí destinar a comprarme un coche nuevo; pero sigo con mi viejo Escarabajo VW. Estas publicaciones, para mí, eran gestos análogos a los de esas personas que se compran grandes cantidades de chocolate. Me gusta creer que mi satisfacción, acaso, es menos efímera. En cuanto a los suplementos culturales, debo admitir que una vez vi uno, en los años setenta, pero ignoro de qué se tratan.