
Antes de entrar al bar madrileño en el que presentó el último número de la revista El perro, el autor fue presentado a una rubia que se desconcertó al saber su nombre y acabó por preguntarle si era ruso. El autor, de piel morena y tirando a calvo para más señas, estaba más preocupado por entrar y preparar la presentación y terminó respondiendo:
--En realidad soy producto de la guerra fría.
Yuri, que a esa hora ya había pasado varios días en España y pasó por Salamanca y luego por Madrid para presentar Señales que precederán al fin del mundo, su segunda novela editada por la española Periférica, más que ruso se considera a sí mismo un afortunado de haber crecido entre libros, aunque cuando era casi niño su nombre sonara raro y alguno le dijera: ah, que tus padres son comunistas, él supiera que en realidad su madre, una militante de izquierdas, consideraba a los comunistas como miembros de la derecha.
Señales que precederán al fin del mundo, narración que gira en torno a la historia de Makina, la mujer-guerrera que atraviesa una frontera para buscar a su hermano y llevarlo de vuelta a casa, probablemente tuvo sus orígenes en la experiencia viajera del autor, que ha tenido una vida itinerante entre su natal Actopan, en Hidalgo, el D.F. y El Paso, Texas, donde estudió una maestría en creación literaria. Él mismo cuenta cómo esa itinerancia que lo hacía cruzar constantemente la frontera para ir de El Paso a Ciudad Juárez, lo marcó y de algún modo lo impulsó a escribir su primera novela, Trabajos del Reino:
-- Cuando yo recién llegué (a la frontera) me pareció que esas eran dos versiones del infierno. Por un lado la versión más espectacular del infierno que es Ciudad Juárez: sucio, peligroso, caótico, desperdigado y del otro lado la versión siniestramente fría del infierno: El Paso, un lugar aburrido sin chiste, obsesivamente vigilado. El Paso es una de las ciudades con más agentes de los distintos cuerpos de seguridad que hay en los E.U. por ser la frontera y porque allí hay una base militar y una oficina de la DEA y del FBI. Es muy segura muy aburrida, muy extendida, necesitas tener coche para salir del centro. Es al moverte entre una ciudad y otra cuando encuentras ideas. La frontera es un espacio que todo el tiempo te está desafiando, haciéndote reaccionar frente a una realidad tan dura como la que hay allí. Al final uno se encariña con ese infierno bipolar.
Aunque la segunda novela de Yuri también transcurre en una frontera, ésta no se corresponde ya con la de Ciudad Juárez y Estados Unidos. Más bien se refiere a una frontera más universal y sin nombre.Es probable que igual que sucedió con Trabajos del Reino, algunos intenten asociar su trabajo a una denuncia social con nombres y apellidos que intenta reflejar la situación actual de la sociedad mexicana. No obstante, las distintas estrategias narrativas que el autor utilizar para sus historias desbordan desde las primeras páginas cualquier situación política o social para convertirse en literatura.
Aunque parte del trabajo de escribir Señales que precederán… consistió en entrevistarse con toda clase de gente en visitas nocturnas a las cantinas de Ciudad Juárez, el resultado no fue solamente la recolección de historias, sino sobre todo de formas de decir y de contar, de crear silencios que en la novela aparecen constantemente al omitir nombres literales de personas y ciudades y proponerse a modo de desafío tomar como referencia para estructurar la novela un territorio mítico: el inframundo mexica.
Ni falsa academia, ni falsa política, ni falsa juventud
Antes de volverse autor, y de pasar por la universidad de El Paso, Herrera cuenta que “tenía la tonta convicción de que quien estudia literatura no puede escribir literatura. Tenía la idea de que tenía que ser producida sin ser pensada tanto, que tenía que salir de adentro, de una especie de generación misteriosa. Ahora me doy cuenta de que aquello no tenía mucho sentido. Sigo pensando que hay algo de eso, pero no hace daño conocer la parte artesanal de la escritura. Ahora bien, sí creo que hay mucha gente que estudia la literatura a la que no le gusta la literatura, que la estudia para poder destajarla, para poder afirmarse en una posición de superioridad, pero no es la regla en general y por eso estudié ciencias política. No me arrepiento, me permitió conocer gente y conocer libros que de otra forma no hubiera conocido.”
Autores como Elena Poniatowska, Juan Villoro o Jorge Volpi reconocen el trabajo de Herrera pero éste, lejos de situarse dentro de un grupo determinado, cree que hablar de generaciones literarias ha dejado de tener sentido:
-- Si alguna vez tuvo sentido dividir el campo literario en generaciones creo que ya no lo tiene incluso. Inclusive las generaciones de las que nos hablan tienen algo de artificial si uno se pone a leer y encuentra las cosas que no pasaron al canon más institucionalizado, descubre algunas muestras literarias muy interesantes que justamente por esta división entre generaciones salieron de los libros de la tradición y que han sido marginadas. En especial lo que he visto de cerca en México es extremadamente diverso por fortuna. Seguramente recordarás la absurda y nefasta “guerrita fría” entre las revistas Vuelta y Nexos, disfrazada de diferencias intelectuales cuando en realidad se trataba de ver quién sacaba la mayor tajada de los negocios con el estado. Ahora no hay polos tan claramente definidos. Entonces eso es benéfico para la gente que escribe. Aunque sí hay ciertas figuras aglutinante, como Jorge Volpi, Guillermo Fadanelli o Heriberto Yépez, la gente puede seguir su producción sin prestar atención a lo que ellos estén haciendo o sin sentirse avasallados. Si tuviera que definirme por mi comunión con otras personas tendría que ver menos con la edad o el tema que con la amistad.
Y si bien Herrera se siente alejado de cualquier generación, iniciativas como la de Bogotá 39 le parecen buenas:
-- Yo creo que ellos están muy concientes de que el nombre era una delimitación absolutamente artificial que no tiene ningún sentido en términos de sus poéticas: son 39 escritores menores de 39. Ellos y se sirvieron de eso para hacer un evento llamativo que enriqueciera la vida cultural bogotana y me pareció buena idea a pesar de que no me invitaron –ironiza--, porque no se limitó a una serie de conferencias. Los llevaron a las escuelas, los sacaron de los pequeños nichos sectarios del mundo literario y eso me pareció muy interesante.
-- Y ya que hablamos de lo joven y de las generaciones literarias, ¿en que posición te ubicas tú respecto de la política?
--Los escritores no tienen ninguna relación especial con dios y esto lo digo porque parece que algunos escritores se conciben a sí mismos como almas puras que no se permiten ser manchadas por la política. La escritura es un oficio y cualquier persona desde su oficio está participando de la vida social. Nosotros como ciudadanos tenemos el derecho y la obligación de participar en la vida pública. No creo que de manera privilegiada, no creo que de manera definitoria, podemos hacerlo y sí hay algunos espacios donde podemos asumir una responsabilidad distinta separada de la obra. En segundo lugar, si uno tiene claro que la obra se construye al margen de la agenda política uno sí tiene que asumir que en todo lo que hace van a traslucirse sus posiciones ideológicas y eso hay que asumirlo claramente.
fotografía: Agencia EFE



